Hace unos días, viernes a la noche, salí de conversaciones de coaching en la universidad, llegué a casa a las 21,30 hs y Romeo no había cenado. Intento ser prolija con las rutinas de mi hijo. Tengo la idea de que le aportan seguridad y confianza (¿o me las dará a mi?).

Abro la heladera para decidir qué hacer, elijo el menú y sus ingredientes, y cuando me dispongo a jugar a la “master chef” veo por la ventana que la ropa que lavé al mediodía sigue colgada al costado de la pileta.

 

Inmediatamente se apoderó de mí una energía arrolladora y voraz: ¡me enojé tanto! (Si, hace años que ejerzo el coaching y tengo momentos en que me olvido de lo aprendido). Puse las papas a cocinar (la cena de Romeo era prioridad) y salí furiosa a levantar la ropa (Mi conversación privada parloteaba “No puede quedar ahi” ”Con el rocío de la noche se va a mojar toda” “¿Como puede ser que no la juntaron? Hace horas que está todo ahí afuera”  etc, etc, etc) Empieza a operar en mi cabeza ese tipo de ideas exageradas de “¿Porqué a mi? ¿Que hago malabares todo el día para estar en todos lados?” Victimismo innecesario frente a desafíos triviales y zonzos, que lejos de colaborar, entorpecen.

 

En los 4 metros que me alejaban de la puerta me tropecé (ya les conté que la energía que me invadía era enorme), instintivamente puse la mano sobre el vidrio de la puerta que da al patio y lo traspase con el brazo. Me hice diferentes cortes, uno sangraba mucho.

 

Mi marido viene corriendo a ver que pasó (No le había dicho nada. La víctima se queda masticando el enojo, no propone una conversación que atenúe el conflicto) metimos mi mano bajo la canilla y decidimos ir a la clínica.

 

En el camino la idea de la cena de Romeo y la ropa estaban ahí, intactas. “¿Porqué nadie me ayuda? ¿Porque a mi me pasan estas cosas?” Sostenía mi “lorito” interno. Ahí presente la “Pobrecita yo que hago tanto” y un reproche a los desalmados (léase mi marido y Cari, la santa que nos ayuda en casa) que están en sus propias vidas. Así me lo viví. Parecía un verdadero drama.

 

Romeo no cenó, la ropa quedó colgada y estábamos a las 22,30 hs esperando que llegue “un cirujano plástico” a coserme una de las heridas.

Pude superar lo de la ropa (hora y media después) y le pedí a mi marido que lleve a mi hijo a cenar mientras yo esperaba al especialista.

 

La mano nunca me dolió como todo lo que me llevó al accidente. INCREIBLE. Los hechos no eran trascendentes por si mismos. Romeo pesa 22 kg a sus 3 años (comer más tarde no era un gran inconveniente. No está dentro de un plan alimenticio específico que no permita demoras).¿Y la ropa? Podía, en el “peor” de los casos, lavarla de nuevo.

 

 

Tenemos maneras de vernos, de exigirnos, de vivir determinadas circunstancias que operan en transparencia (aún después de años creciendo en consciencia) que nos instalan en algún lugar. En este caso me sentí exigida a que esté “todo listo” (aún cuando no estoy en casa, ¿Creeré que tengo superpoderes?). Y mi “no cumplir los objetivos” me llenó de frustración.

 

Lo interesante y poderoso es que a medida de que aprendemos sobre nosotros mismos podemos salir mucho más rápido de esas situaciones y aprender de ellas. Observarnos. No quedarnos ahí sino que podemos desarrollar estrategias y tener conversaciones que nos permitan coordinar acciones. Cuando asumimos la responsabilidad de lo que nos “sucede” aparecen alternativas para la acción.

 

En el video del post te cuento cómo empezar a moverte en el camino de la “víctima al protagonista”, después de todo, se trata sólo del lugar en el que decidimos pararnos.

Ahora sí, los dejo con el video y les mando un abrazo fuerte,

Gabrielle