Cada decisión que tomamos (o dejamos de tomar) es un mensaje a nosotros mismos. Nuestra vida misma es un mensaje para el mundo y en especial para mí. Si lo que hago está alineado con lo surge de mi corazón, de escuchar mis necesidades o lo que necesito expresar me estoy diciendo muchas cosas como esta: Que lo que siento es legítimo, que tengo derecho a ser quien soy y un pasito más allá que soy valioso.

Por el contrario si mi foco y mi acción están “guionados” por los mandatos impuestos (acá entran todos los “deber ser”) por otros (familia, educación, iglesia, cultura), no están alineados con quien soy sino con quien me dijeron, ¿te imaginas que es lo que te estás diciendo?

Me pregunto si la felicidad no tiene también que ver con esta comunicación conmigo. Será que la pasamos mal no por lo que hacemos en sí, sino, por lo que nos decimos cuando hacemos?

Nuestro sistema emocional  es una guía muy exacta de quien estoy siendo en este momento.

Cuando quiero/siento algo y  me lo permito puedo fluir. Puedo aprender lo que me dice de mí la emoción y el autoconocimiento es poder.

Cuando no me doy espacio ni permiso para sentir esto o aquello lo único que logro es cerrarme puertas. Es quedarme en la imposibilidad de ir a fondo, con lo que mi alma tiene para mostrarme.

Voy a poner un ejemplo sobre una emoción que tiene muy mala prensa: La envidia.

Esta es muy juzgada en nuestro modelo mental, casi nadie querría reconocer que la siente y muchos hasta se la reprimen (no son capaces de identificarla cuando la sienten)

Y sin embargo es tan valioso lo que nos muestra.

¿Qué nos dice la envidia?

Veo algo que otro tiene y yo quiero tener (ese algo puede ser una cosa, un afecto o una experiencia). Juzgo que yo NO PUEDO tenerla. Entonces quiero que el otro la pierda (para no seguir viéndolo)

Es decir, me duele la situación (que Juan tenga esa pareja, ese ascenso, ese auto) no por la situación en si, sino porque me juzgo incapaz de acceder a esto. Y como ver esta incapacidad me jode, quisiera que Juan no tenga eso.

La envidia me muestra que me juzgo incapaz para algunas cuestiones que quisiera ser capaz.

Cuando entiendo el juicio, que la emoción delata, obtengo información valiosa, autoconocimiento, que me permite avanzar en mi crecimiento.

Teniendo esta información sobre mi (“no puedo acceder a ese nivel de intimidad con la pareja, por ejemplo) puedo animarme a desafiar el juicio y vencerlo. Cuando vencemos un juicio estamos más livianos a  para emprender las acciones que estos me impiden.

Esto es:

Las emociones están alimentadas de ideas que me cuentan quien estoy siendo en este momento, y este estar siendo puede hacer algunas cosas y otras no. Cuando logro liberarme de los “no puedo” de este interpretador accederé a otros resultados.

Si no hubiese legitimado y permitido  mi emoción, envidia, no tengo de dónde sacar la data del juicio que me limita. Y no puedo hacer frente al desafío. No sé quien está siendo mi “contrincante”.

Tal como lo decía mi amigo C. Jung “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”

Hasta la próxima!

Gabrielle